PUTA DE LOS COJONES

Posted on Lunes, agosto 29, 2011 in Sin categoría
PUTA DE LOS COJONES.
– Puta de los cojones. Te odio. Ojalá que te mueras pronto. No te soporto. Te odio. Te odio. Te odio. Desaparece ya de mi vida hija de puta. Te odio. Te odio. Te odio. Eres una zorra del Infierno. Hija de puta, hija de puta. Ah…
Dicen que el enfado es una cosa natural, lo mismo que la alegría. Por eso no me cortaba un pelo en decir todas esas lindezas a la hija de puta que llevaba dos semanas pisándome los geranios cada vez que volvía de juerga.
– No te rayes por esos hierbajos tía…
– ¡Yo no me rayo, imbécil! ¡Ten más cuidado la próxima vez que pases por aquí que sé que fuistes tú!.
– Tranqui amiga, que no es para tanto…
– Si es para tanto pequeña hija de puta y quítate ese piercing de la nariz que se te está llenando de mocos.
– Pasando…
Le tiré una piedra a la cabeza y le hice daño, en un momento empezó a sangrar, se volvió contra mí y me atacó con la navaja que llevaba en la cadena de las llaves.
– ¡Chula!
Entonces me clavó la cuchilla entre las costillas, dejándome averiado un pulmón. Empecé a sangrar copiosamente, pero ella no estaba mejor y caímos al suelo las dos, tirándonos de los pelos con las pocas fuerzas que nos quedaban.
– Ah… me estoy muriendo hija de puta.
– Yo también, y es por tu culpa cabrona.
– Vete a la mierda…ay.
– Vete a la mierda tú, estúpida.
– Gilipollas.
– Retrasada.
– Punki de mierda, tus padres son médicos.
– Subnormal.
– Asquerosa.
– Fea.
– Gorda.
– Ignorante.
– Retrasada.
– PUTA.
– Puta tu madre.
– Agh… no puedo más. Hija de puta…
– Muere pedazo de imbécil.
—–
Me quedé acostada sin poder moverme hasta que llegó alguien y alarmado llamó a una ambulancia. Me llevaron al hospital y después de curarme entré en proceso judicial, porque estaba claro que había matado a alguien.
Dije que fue en defensa propia. Me creyeron. Era la puta verdad.
Sigo viviendo en el mismo sitio, tirándome pedos en el ascensor cuando no hay nadie y cada vez que vuelvo del bareto donde trabajo, a las cinco de la madrugada, vuelvo a pisar aquéllos geranios para poder esquivar las mierdas que dejan los perros de los vecinos, que no se molestan en llevarlos a un sitio con tierra y tampoco en recogerlas tal y como marca la ley.

– “Puta de los cojones. Te odio. Ojalá que te mueras pronto. No te soporto. Te odio. Te odio. Te odio. Desaparece ya de mi vida hija de puta. Te odio. Te odio. Te odio. Eres una zorra del Infierno. Hija de puta, hija de puta”. Ah…

Dicen que el enfado es una cosa natural, lo mismo que la alegría. Por eso no me cortaba un pelo en decir todas esas lindezas (expresar mi enfado, como me dice el psicólogo) a la hija de puta que llevaba dos semanas pisándome los geranios cada vez que volvía de juerga.

– No te rayes por esos hierbajos tía…

– ¡Yo no me rayo, imbécil! ¡Ten más cuidado la próxima vez que pases por aquí que sé que fuistes tú!.

– Tranqui amiga, que no es para tanto…

– Si es para tanto pequeña hija de puta y quítate ese piercing de la nariz que se te está llenando de mocos.

– Pasando…

Le tiré una piedra a la cabeza y le hice daño, en un momento empezó a sangrar, se volvió contra mí y me atacó con la navaja que llevaba en la cadena de las llaves.

– ¡Chula!

Entonces me clavó la cuchilla entre las costillas, dejándome averiado un pulmón. Empecé a sangrar copiosamente, pero ella no estaba mejor y caímos al suelo las dos, tirándonos de los pelos con las pocas fuerzas que nos quedaban.

– Ah… me estoy muriendo hija de puta.

– Yo también, y es por tu culpa cabrona.

– Vete a la mierda…ay.

– Vete a la mierda tú, estúpida.

– Gilipollas.

– Retrasada.

– Punki de mierda, tus padres son médicos.

– Subnormal.

– Asquerosa.

– Fea.

– Gorda.

– Ignorante.

– Retrasada.

– PUTA.

– Puta tu madre.

– Agh… no puedo más. Hija de puta…

– Muere pedazo de imbécil.

—–

Me quedé acostada sin poder moverme hasta que llegó alguien y alarmado llamó a una ambulancia. Me llevaron al hospital y después de curarme entré en proceso judicial, porque estaba claro que había matado a alguien.

Dije que fue en defensa propia. Me creyeron. Era la puta verdad.

Sigo viviendo en el mismo sitio, tirándome pedos en el ascensor cuando no hay nadie y cada vez que vuelvo del bareto donde trabajo, a las cinco de la madrugada, vuelvo a pisar aquéllos geranios para poder esquivar las mierdas que dejan los perros de los vecinos, que no se molestan en llevarlos a un sitio con tierra y tampoco en recogerlas tal y como marca la ley.

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